Hoy, 22 de octubre, la Iglesia celebra la memoria litúrgica de san Juan Pablo II, uno de los pontífices más influyentes de la historia contemporánea y un referente espiritual para millones de católicos. La fecha recuerda el inicio de su pontificado, el 22 de octubre de 1978, cuando pronunció unas palabras que siguen resonando con fuerza casi cinco décadas después: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!».
Aquel mensaje no fue una simple frase para la historia. Fue una invitación a confiar en Dios, a vivir la fe sin complejos y a afrontar las dificultades con esperanza. Hoy, en su festividad, merece la pena detenernos a pensar qué puede enseñarnos este santo a quienes vivimos nuestra fe a través de las hermandades y cofradías.
Porque recordar a un santo no consiste únicamente en repasar su biografía o evocar sus grandes momentos. Consiste, sobre todo, en preguntarnos qué podemos aprender de su testimonio y cómo llevarlo a nuestra vida cotidiana.
Una fe que no se queda en las calles
Las hermandades y cofradías forman parte de una tradición religiosa, cultural y popular extraordinaria. Cada año, nuestras imágenes sagradas despiertan emociones, reúnen familias, movilizan voluntarios y convierten las calles en espacios de oración y encuentro.
Pero hay una pregunta que no deberíamos dejar de hacernos: ¿qué queda de nuestra fe cuando termina la procesión?
Ser cofrade no puede limitarse a preparar un cortejo, cuidar un patrimonio artístico, vestir una túnica o contemplar una imagen bajo la luz de los cirios. Todo eso puede ser expresión legítima y hermosa de nuestra religiosidad, pero no constituye su destino final. La devoción cristiana debe conducirnos al encuentro con Cristo y transformar nuestra manera de vivir.
Si veneramos a Jesús Nazareno, debemos aprender a reconocer el sufrimiento de quienes cargan con cruces que no siempre vemos. Si acompañamos a la Virgen de los Dolores, debemos acercarnos a quienes lloran en soledad. Si proclamamos nuestra fe en las calles, tenemos también la responsabilidad de hacerla visible en nuestros hogares, en nuestro trabajo y en nuestra relación con los demás.
La procesión pasa. El compromiso cristiano debe permanecer.
Ese es uno de los grandes retos que san Juan Pablo II nos plantea también hoy: que nuestra fe no sea una costumbre que repetimos, sino una convicción que transforma nuestra forma de tratar a los demás.
El legado de un Papa profundamente mariano
San Juan Pablo II mantuvo una relación muy especial con la Virgen María. Su lema episcopal, Totus Tuus —«Todo tuyo»—, expresaba una entrega espiritual inspirada en la tradición mariana de la Iglesia.
Para quienes encontramos en la Semana Santa y en las advocaciones de nuestras hermandades una forma de acercarnos a Dios, su testimonio tiene un significado particular. La Virgen no ocupa el lugar de Cristo: nos conduce a Él. Su ejemplo de entrega, fidelidad y confianza nos invita a escuchar la Palabra de Dios y a ponerla en práctica.
No basta con emocionarnos ante una dolorosa. La verdadera devoción mariana debe enseñarnos a acompañar, consolar, perdonar y servir. No basta con admirar la belleza de una imagen: debemos preguntarnos si esa belleza nos ayuda a descubrir la dignidad de cada persona y la presencia de Dios en nuestra vida.
El amor a María tiene que llevarnos a imitar sus virtudes y a seguir a su Hijo. De lo contrario, corremos el riesgo de quedarnos únicamente en la emoción, sin dar el paso hacia una fe vivida y comprometida.
«No tengáis miedo»: una llamada también para las hermandades
El miedo adopta muchas formas. A veces es temor a defender nuestras convicciones en una sociedad cada vez más secularizada. Otras veces es miedo al compromiso, a implicarnos en los problemas de los demás o a reconocer que nuestras propias comunidades necesitan renovarse.
Abrir las puertas a Cristo significa permitir que el Evangelio ilumine también aquello que nos cuesta cambiar. Significa superar rivalidades, trabajar por la unidad, evitar que las diferencias personales se conviertan en enfrentamientos y recordar que ninguna hermandad existe para sí misma.
Una corporación religiosa no se mide únicamente por la riqueza de su patrimonio, la calidad de sus cultos o la repercusión de su estación de penitencia. También debe medirse por su capacidad de acompañar a los enfermos, atender a las familias necesitadas, formar cristianamente a sus jóvenes y ofrecer esperanza a quienes atraviesan momentos difíciles.
El patrimonio que recibimos de nuestros mayores merece ser conservado. Es parte de nuestra historia y de nuestra identidad. Pero la fe que lo sostiene también debe transmitirse viva, coherente y comprometida.
Las hermandades están llamadas a ser mucho más que depositarias de tradiciones: deben ser comunidades de fe, lugares de encuentro con Cristo y espacios donde la caridad se traduzca en hechos.
San Juan Pablo II y su vínculo con Sevilla
La relación de san Juan Pablo II con Sevilla ocupa un lugar especial en la memoria religiosa de la ciudad. Visitó la capital hispalense en 1982, con motivo de la beatificación de santa Ángela de la Cruz, y regresó en 1993 para el Congreso Eucarístico Internacional.
Durante su visita a la Catedral rezó ante la Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla, y ante el cuerpo de san Fernando. Aquellos encuentros forman parte de la historia espiritual de una ciudad en la que la devoción mariana y la vida de las hermandades tienen una presencia profunda.
Pero su legado no debe quedarse en fotografías, recuerdos o efemérides. La mejor manera de honrar a un santo es dejar que su testimonio nos cuestione y nos ayude a crecer en la fe.
Y eso también nos concierne a los cofrades sevillanos: mantener nuestras tradiciones, sí, pero sin olvidar nunca el sentido cristiano que les da vida.

¿Estamos abriendo de verdad las puertas a Cristo?
En este 22 de octubre, festividad de san Juan Pablo II, quizá no necesitemos grandes discursos, sino una pregunta sencilla y exigente: ¿estamos abriendo de verdad las puertas a Cristo?
Las abrimos cuando una hermandad se convierte en hogar para quien está solo. Cuando una junta de gobierno entiende su responsabilidad como servicio y no como privilegio. Cuando un joven descubre que la fe no es una costumbre heredada, sino una decisión personal. Y cuando una persona necesitada encuentra, más allá de las palabras, una mano dispuesta a ayudarla.
San Juan Pablo II nos dejó un mensaje que sigue siendo una llamada a la confianza, a la valentía y a la esperanza. No se trata de ignorar las dificultades ni de vivir al margen de la realidad. Se trata de afrontarlas desde la fe, con la certeza de que el Evangelio tiene algo que decir a nuestro tiempo.
Hoy celebramos a un santo que nos invitó a no tener miedo. Que su memoria nos ayude a comprender que ser cofrade es mucho más que pertenecer a una hermandad: es asumir una forma de vivir la fe, amar a la Iglesia y servir al prójimo.
Porque abrir las puertas a Cristo significa, en definitiva, no cerrar nunca las puertas a quienes nos necesitan.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
