Cada 14 de febrero la Iglesia conmemora a San Valentín, obispo y mártir del siglo III, cuya figura ha quedado asociada con el amor conyugal y la defensa del matrimonio cristiano. La jornada, conocida popularmente como el Día de los Enamorados, tiene un origen religioso que con el paso de los siglos se extendió por todo el mundo.
Según recuerda la tradición cristiana, Valentín nació en la ciudad italiana de Terni y dedicó su vida al servicio de la comunidad cristiana en tiempos de persecución. Como pastor, arriesgó su vida administrando sacramentos y apoyando a los fieles, destacando especialmente por su empeño en unir a las parejas en matrimonio, algo que contribuyó a su posterior identificación como patrono de los enamorados.
Un mártir por defender el matrimonio cristiano
Las fuentes históricas sitúan su martirio durante el gobierno del emperador Claudio II. La tradición sostiene que el santo desafió la prohibición de celebrar matrimonios cristianos —medida destinada a evitar que los soldados formaran familias—, lo que provocó su arresto y posterior ejecución el 14 de febrero del año 273.
Su muerte consolidó la veneración popular hacia su figura y, con el tiempo, la fecha de su martirio quedó vinculada al amor fiel y al compromiso matrimonial.
El verdadero sentido cristiano del amor
La memoria de San Valentín recuerda que el amor cristiano no se reduce a un sentimiento pasajero, sino que implica entrega, sacrificio y búsqueda del bien del otro. Esta visión conecta con la tradición de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia como vocación de vida basada en la fidelidad y el servicio mutuo.
Aunque la fiesta fue retirada del calendario litúrgico universal tras la reforma de 1969, el santo permanece en el Martirologio Romano y su memoria sigue celebrándose el 14 de febrero en numerosos lugares del mundo.
Hoy, millones de personas continúan recordando su figura, combinando la tradición religiosa con costumbres sociales como el intercambio de flores, cartas o gestos de afecto.
